Categoría: Escribir

  • Escribir por escribir

    No sé cómo funcionan las conexiones de mi mente, por eso no puedo explicar cómo hoy me acordé de que antes tenía una lista de correo y escribía a mis suscriptores. Tenía la memoria tan embotada que tuve que comprobar cuál era la contraseña para entrar, y cuando accedí, vinieron a mi cabeza vagos recuerdos de trastear con esa herramienta. Me pregunté, si ahora quisiera volver a retomar la lista de correo, si sería capaz de manejar esa herramienta, como si no hubiera aprendido desde cero la última vez (manía de infravalorarse que tiene una).

    Entonces recordé que mi querida Adella y yo hace tiempo que no nos pasamos por aquí. «Escribir para nada», recordé también. ¿Qué significa eso? Pues algo tan sencillo como escribir por escribir, y cuánto lo complicamos a veces. También visité mi web. Sí, yo era esa. Esa introvertida que publicaba poco sobre sí misma y que ahora es más introvertida aún. Me pregunté por qué sigo manteniendo la web. Bueno, no es cierto, me pregunté por qué tengo información sobre mí en la web, con lo poco que me gusta exponerme al mundo y lo mucho que me critico por aquel error que cometí en 2012 o aquel otro en 2016 o incluso aquel de 2004. Errores que seguramente nadie recuerda y que segurísimo nadie recordará dentro de cien años.

    Entonces mi mente voló a una cosa que me dijeron después del confinamiento. Una persona considera su mejor amigo a alguien que conoció gracias a la afición que comparten y que, tras la pandemia, les quedó un poco estancada. Y se preguntaba si seguirían siendo amigos si dejaran su afición a un lado. Yo le dije que sí, porque no con todos los amigos compartes una afición, ni de todos con los que compartes afición eres amigo. Creo que la amistad trasciende un poco todo eso.

    Pero como soy mucho de analizarme, me pregunté lo mismo sobre mí y sobre Adella. Y aunque sé que nunca dejará de ser mi amiga (eso espero y eso siento), más que miedo a perder su amistad por perder la escritura me pregunté si dejando la escritura la decepcionaría. Lo más fácil fue hacerme la pregunta en sentido contrario y la respuesta es no, ella nunca me decepcionaría si dejara de escribir.

    El resumen de todo esto es que me di cuenta de que podemos dejar de escribir, pero no podemos dejar de ser escritoras. La vida son etapas, y que una se cierre no significa que no pueda volver a abrirse. Porque con la escritura yo soy más de dejar la puerta entreabierta.

    Y escribiendo esta entrada me di cuenta de que pensaba que no tenía cosas que contar, o no cosas que interesaran a alguien salvo a mí. Y entonces recordé que hay que escribir para uno mismo antes que para los demás. Luego pensé si todavía tengo cosas que contarme, porque a veces pienso que hace mucho que no me hablo.

    Tengo una pestaña guardada en Google Chrome de mi móvil con una noticia del periódico que inspira a escribir una novela. Solo una escritora haría eso. Mi cabeza no para de contarme cosas, el problema es que a veces son demasiadas, y yo soy demasiado dura conmigo misma para entender que con que me gusten a mí basta, que no debo olvidarme de mí como lectora, que yo también soy importante.

    Que creo que nunca he llegado de verdad al fondo con nadie a través de la escritura, pero sí he llegado mi fondo y lo he vaciado. ¿No se trata la escritura de eso?

    Y todo porque Isaac Belmar todavía no ha publicado su post de hoy y me faltaba mi ración de la semana sobre escritura. Porque hoy se alcanzarán los 31 grados en estas tierras del norte en las que siempre salimos con rebequita por si refresca (menos ayer y hoy, siempre refresca). Porque siento que tengo mil cosas que hacer y escribir no es tan prioritario, confundiendo como siempre urgente con importante.

    Porque sigo aquí, simplemente porque sigo aquí y sigo conmigo, y hoy me apetecía recordármelo.

  • Escribir duele

    Siempre se me da por venir aquí a escribir cuando estoy enfadada o triste. No soy de compartir momentos alegres porque me parece alardear, porque no necesito contarlos para vivirlos, yo los disfruto conmigo misma y eso me basta.


    Pero sí es cierto que cuando estoy mal necesito sacarlo de dentro. Hoy, por ejemplo, me he dado cuenta de que nunca podré ser perfecta en absolutamente nada. No hablo de ser perfecta en general, sino que en esta vida me hubiera gustado hacer bien algo y siento que eso nunca va a pasar con nada. Que sé un poquito de todo y mucho de nada. Algunos lo llamarán síndrome del impostor, yo lo llamo, en este caso, valorarse en su justa medida.


    Bastante es que me sienta mal por eso como para sentirme también mal por no cumplir esas expectativas de perfección de gente que sí lo es, o que cree serlo. Tanto me da como tanto me tiene, porque muchas veces se equivocan y cuando me doy cuenta de cuál fue su error ya se me ha pasado el arroz para hacérselo ver.


    Pero esa no es la cuestión, lo que quiero decir es que ¿es tan importante la perfección? Alguien perfecto supongo que me contestaría que solo me hago esa pregunta porque soy mediocre. Pero de verdad quiero que nos paremos a pensar en esto. ¿Pasa algo por cometer un error rutinario que se puede subsanar? Si limpias la encimera y se te queda una gota de aceite perdida en una esquina, ¿se acaba el mundo?


    Si el mundo se acabara por todos los errores que cometemos hace mucho que deberíamos estar muertos.


    Estoy tan cansada de la perfección y, sobre todo, estoy tan cansada de la perfección de otros, que últimamente solo intento centrarme en disfrutar de las cosas buenas, aunque jamás sean perfectas.


    Y estoy tan cansada de pelear por mi postura, una que la mayoría de la gente ve como errónea; supongo que por eso hace mucho que no escribo, porque escribir desde donde las tripas se remueven es pelear, y estoy cansada de eso.


    Lo que más me cansa es que me pidan perfección, porque pedirme algo que no puedo dar es pedirme ser otra persona, y lo único que yo quiero es ser quien soy. Y de eso va también la escritura, cuando nos cansamos de escribir es también en parte por intentar escribir historias que no nos salen de las entrañas.


    Quizá lo que debería hacer es poner un corcho en mi despacho, y en él un folio con letras bien grandes que me recuerden que escribir duele, pero escribir algo que no nos duele, duele mucho más.

  • La solución a mis problemas

    Hubo un tiempo en que pensaba que la solución a mis problemas estaba en los libros que escribía, porque ahí podía echar fuera (aunque de una manera velada) todo lo que me atormentaba. Luego terminé por darme cuenta de que la verdadera solución a mis problemas siempre había estado en los libros que leía.

    Cada vez que había algo en mi vida que no funcionaba, que me asaltaban los problemas, que no estaba contenta o no sabía qué hacer, ahí estaban los libros. Siempre, desde que nací. Y no hablo necesariamente de esos libros de no ficción que responden a una duda, género que también leo, si no a todos en general, historias que nos ayudan a olvidar los momentos miserables de la vida.

    Por eso acabo de darme cuenta de que, quizá, la solución a los problemas de otros esté en mis libros, algo en lo que nunca me había parado a pensar. Si hubiera hecho esta reflexión antes quizá no habría tirado la toalla. Y si sigo aquí es, quizá, porque no la he tirado todavía.

  • Juntarse con otros escritores

    Escribir es un arte solitario, donde solo tienes que sentarte y escribir, así de sencillo. Después están todas esas cosas que nada tienen que ver, pero que son necesarias si quieres vivir de esto. Cosas que yo hace mucho tiempo que no hago porque no me hacían feliz.

    Nunca he sido muy buena en hacer amigos, y si a eso le sumas que mis aficiones siempre han sido de este estilo, de las que no necesitas relacionarte con nadie para llevarlas a cabo, obtienes como resultado que la persona introvertida que soy lo sea cada vez más.

    Por eso me fascina la gente que hace actividades donde conoce gente y acaba haciendo amigos. Incluso me fascina más la gente que, pudiendo hacer actividades que es posible desempeñar solos (por ejemplo, ir en bicicleta o salir a correr) también acabe formando parte de un grupo donde compartan cómo les ha ido, los resultados que han conseguido, o que puedan quedar para salir juntos.

    La primera vez que tuve eso fue cuando dejé un comentario en el blog de David Orell pidiéndole permiso para usar una foto y vino a dar en un atardecer interminable en los Castros de Baroña y en un café furtivo en medio de un viaje suyo y una jornada de trabajo mía (entre otras muchas llamadas y momentos compartidos).

    Luego vinieron más, como aquel día de verano con Esther, también en los Castros (porque me encanta ese lugar), una noche en una aldea perdida viendo una orquesta de Galicia de esas que son puro espectáculo y un paseo por un lugar literario de su tierra.

    Tengo la suerte de atesorar innumerables momentos como esos con muchos escritores, contarlos uno a uno me daría para un libro. Pero lo cierto es que ninguno de ellos vive cerca de mí y no hay esa posibilidad de tener contacto presencial a menudo. Y con los que más hablo, por una cosa o por otra les ha ocurrido lo mismo que a mí, que ya no escriben tanto como antes.

    Solo hay una persona con un match (que diría Tinder, creo) casi perfecto, y es Adella. No vive muy cerca, pero al menos cuando queremos vernos solo tenemos que emplear una hora de coche para encontrarnos. Y, además, ella es el ancla que nunca abandona, la que siempre escribe. La que también ve «Tu cara me suena» cada viernes (aunque yo ahora tenga que verla en diferido y por eso no podamos comentarla en directo).

    A ella le gusta todo lo relativo a la programación y yo, que soy contable, trabajo en una empresa informática; así que, aunque no comparta su pasión, al menos entiendo de lo que me habla. Y agracias a todas esas miguitas de pan que vamos compartiendo es que yo todavía resisto aquí, en este pequeño reducto de escritura donde aún me dedico a esa parte de mí que me hace ser quien soy.

    Adella sería perfecta si viviera a cinco minutos de mi casa y pudiéramos salir por las tardes de calor a caminar bajo la sombra de los árboles del Camino de Santiago que pasa cerca. Yo sería perfecta si viviera a cinco minutos de su casa y pudiéramos ir juntas a las presentaciones literarias que hacen en su ciudad.

    Pero nadie es perfecto. Así que agradezco que esa distancia de varias comunidades autónomas que tengo con otros escritores en este caso sea solo una hora y que todavía sigamos hablando a menudo para seguir contándonos nuestras cosas (aunque últimamente no pueda ser de manera presencial).

    Porque hace tiempo que la vida de introvertida dejó de gustarme. Porque hace mucho que me di cuenta de que hay un mundo por descubrir ahí fuera. Y porque ya me he dado cuenta de que debo ser valiente para salir a verlo.

    (Hoy dejo una posdata: Luis, tú también vives cerca, pero eres ilustrador. Aún así, al tener que recordarte que deberías volver a dibujar, tú también me recuerdas que yo debería escribir, y eso también me mantiene atada a este mundo).

  • Cómo ser escritor

    Estoy suscrita a la lista de correo de Pablo Poveda, un tipo auténtico con las ideas muy claras que en 2017 regresó a España desde Varsovia en un Volskwagen New Beetle, sin apenas dinero, para apostar por su carrera como escritor. Si lo sigues, supongo que ya conocerás esa anécdota; y, si no, te recomiendo que lo busques, porque te guste la novela negra o no, las historias sobre su vida y sobre cómo escribe siempre son muy interesantes.

    A todos los que juntamos letras nos gustaría ser los protagonistas de algo que, a priori, parece tan bohemio: abandonar el trabajo y convertirnos en un escritor de éxito. Pero, no nos engañemos, esto casi nunca ocurre. Aunque lo suyo se trató (y se trata) de trabajo duro, no olvidemos el elemento suerte, que no siempre nos acompaña y que, en su caso, según mi opinión y lo que he podido leer, estaba relacionado también con estar en el momento y lugar adecuados.

    Pero vamos al meollo del asunto, porque no vengo a hablarte de cómo lo logró si no de algo que, relacionado con eso, leí en el último e-mail de su lista de correo. Una reflexión muy acertada sobre lo que es ser escritor y cuándo puedes considerarte como tal.

    Te adelanto que se me olvidó la dichosa cuestión de lo que es “ser un escritor” o no.

    Porque ya no hacía falta.

    Hay quien te dirá que un escritor nace, se hace, se reproduce, muere, no publica nada bueno hasta los 40 y solo se es si se cobra por lo que escribe.

    Bien.

    ¿Qué más da?

    Ese es un debate que me importa bien poco.

    La clave fue cuando dejé de “querer ser” y, simplemente, “fui”.

    No hubo más.

    Hace tiempo que le vengo dando vueltas a eso de madurar; es decir, siempre me habían dicho que era muy responsable y madura para mi edad, pero yo no creo que eso fuera así. La madurez viene cuando tienes que tomar decisiones por ti mismo sin apoyarte en nadie; es decir, cuando tienes esa capacidad de decidir y asumir las consecuencias sin pedir consejo o, aún habiéndolo pedido, haciendo lo contrario.

    Últimamente he tenido que tomar muchas decisiones así, y es muy difícil cuando no tienes a nadie que te guíe en el camino, porque cuando la decisión final solo depende de ti, entonces sí que piensas en profundidad.

    Es complicadísimo hacer las cosas sin aceptación de los demás, supongo que no me había dado cuenta antes porque tampoco he tenido que tomar decisiones importantes. Aunque, no te voy a engañar, cambiar de trabajo, firmar una hipoteca, sí lo son, pero supongo que siempre me hago de menos con un montón de cosas.

    En fin, que leyendo el correo de Pablo me he dado cuenta de que con la escritura pasa lo mismo. ¿Por qué necesitamos que otros nos digan si somos escritores o no? ¿Por qué parece imprescindible ceñirnos al criterio de los demás? ¿Y por qué tantas veces he respondido «no soy escritora, solo escribo» cuando alguien me ha preguntado si lo era?

    Me encanta esa frase de Pablo que he señalado en negrita:

    La clave fue cuando dejé de “querer ser” y, simplemente, “fui”.

    ¡Qué acertada! Para la escritura y para todo lo demás.

  • Las historias que nos contamos

    Mañana hay un eclipse parcial de sol, que iré a ver a no ser que la urgencia de lo cotidiano se me ponga por delante. Esto me ha hecho recordar todas esas historias de libros antiguos y películas en las que un eclipse era sinónimo del fin del mundo, de brujería, o qué sé yo. Buscaría exactamente las referencias literarias y cinéfilas concretas a este fenómeno, pero no me apetece, porque nunca he sido de guardar datos exactos en mi cabeza.

    Lo que sí me pregunto es de dónde sacarían esa información, o quién sería el que se inventaría esas historias tremendistas sobre los eclipses. Pero como sobre tantas otras cosas.

    Esto me lleva a recordar aquella frase del filósofo y escritor francés Michel de Montaigne: «Mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron».

    Y eso me lleva a recordar irremediablemente lo que dijo Adella en su última entrada, «La mitad matemática de tu vida»: «El autor dice que llegado a ese punto empezamos a ser conscientes de que nos falta tiempo para hacer todo lo que querríamos y en ese afán de no desperdiciar ni un solo segundo nos convertimos en especialistas en apartar lo irrelevante de nuestras vidas.»

    Lo que quiero decir es que la vida está llena de historias que nos contamos, que nos inventamos, historias sin sentido que nos obsesionan y que, la gran mayoría de las veces, no llegan a cumplirse, pero que nos ocupan el tiempo suficiente para alejarnos de lo importante.

    ¿Qué importa pensar o estar convencido de que nadie va a leer lo que escribas, que nunca vas a ser lo suficientemente relevante o que las historias que a ti te interesan no le interesarán a nadie? Eso nos lleva a dejar de escribir y, desde luego, no es la página en blanco la que va a ser leída. Al final, nadie nos leerá, pero no porque lo hagamos tremendamente mal o porque hablemos sobre cosas nimias, sino porque nuestro miedo nos ha impedido escribir. Corrijo: nos ha impedido escribir lo que realmente queríamos.

    Ese es el bloqueo del escritor, no es el miedo a la hoja en blanco, si no la parálisis por análisis, criticarnos tanto a nosotros mismos y a lo que hacemos que, simplemente, dejamos de hacer. Y eso es lo que me he propuesto este año con este blog y con todo lo relativo a la escritura, que no me importe el qué dirán porque, en realidad, nadie dice.

    ¿Para qué crear un canal de Telegram donde la gente pueda estar al tanto de cada entrada que se publique en este blog? Para nada, igual escribir, para nada. Por eso escribimos, y por eso ese canal es aquí.

  • La mitad matemática de tu vida

    ¿Alguna vez has tenido la sensación al leer un libro de que estaba escrito para ti?

    Yo la tuve hace un par de semanas cuando leí La vida empieza a los cuarenta, de Gregory Cajina Heinzkill.

    El autor dice que llegado a ese punto empezamos a ser conscientes de que nos falta tiempo para hacer todo lo que querríamos y en ese afán de no desperdiciar ni un solo segundo nos convertimos en especialistas en apartar lo irrelevante de nuestras vidas.

    Es el momento en que empezamos a vivir por primera vez. Ya no queremos repetir lo conocido sino que ansiamos nuevos retos.

    Dejamos el ego atrás y nos concentramos en que nuestro paso por esta tierra sea trascendente, en dejar más de lo que hemos tomado.

    Según la página del Ministerio de Sanidad en España la esperanza de vida en mujeres se sitúa en 85 en mujeres y 79,5 en hombres.

    Teniendo en cuenta esos datos, yo ya he superado la mitad matemática de mi vida.

    Y he aprendido unas cuantas cosas:

    • No se toman decisiones importantes cuanto se está triste o enfadada.
    • No merece la pena malgastar el tiempo en algo que no te hacen feliz.
    • Mantenerse activo física e intelectualmente no es opcional.
    • Vivir sin proyectos, sin ilusiones, sin un propósito, te idiotiza.
    • Mereces tener la valentía de darle una oportunidad a tus sueños.
    • Hay que poner foco en la meta, pero nunca olvidar que lo importante está en el camino.
    • Debes tratarte a ti misma con amor. Siempre.

    Gregory Cajina Heinzkill dice que «A los veinte años quizá entendimos el mensaje, pero en realidad no lo comenzamos a comprender hasta que llegamos a la mediana edad».

    Yo creo que empiezo a comprender.

  • La travesía por el desierto

    Imagínate una situación que te hubiese traído de cabeza, una de esas en las que estuvieras muy agobiado y de la que pensabas que nunca ibas a salir. En mi caso, un trabajo que tuve en un despacho de abogados, estoy segura de que si existe el infierno después de la vida, no puede ser mucho peor que aquello.

    Estuve algo más de cinco años en ese sitio, llegué a enviar, tanto por mail como a pie más de setecientos currículums, y eso sin contar todas las ofertas de Infojobs a las que me apunté. Como no veía que todo aquel esfuerzo diese sus frutos, decidí preparar el B1 de inglés (el nivel que tenía por aquel entonces) a ver si eso me ayudaba a conseguir trabajo; y también me apunté a una oposición, para lo que iba a clase cinco horas los sábados por la mañana y dos horas a clases de informática (para el examen práctico) los jueves por la tarde.

    Fue una época muy agobiante. Pensé que no iba a terminarse nunca. Pero llegó a su fin. Recuerdo ese día como si fuera hoy. Llegué a casa tras mi última jornada, un piso alquilado cuyas ventanas eran tan malas que tenía que limpiar el moho de las persianas bastante a menudo en invierno para no enfermar. Como no soy de beber alcohol, mi pareja y yo brindamos con Ferrero Rocher, y luego llamé a mi madre y, cuando descolgó, canté aquello de «Libre, como el sol cuando amanece yo soy libreeee…».

    La vida son ciclos, y de vez en cuando siempre sobreviene una época agotadora que parece no tener fin. Sustituye vida por escritura, porque es lo mismo.

    Yo, que pensaba que nunca volvería a experimentar el placer de escribir, que estaba casi segura de que no podría escribir nunca más, aquí estoy un jueves por la tarde, viendo cómo se cuelan por la ventana los últimos rayos de sol mientras apuro los últimos tragos de un Nestea a punto de caducar.

    Ahora que por fin he vuelto a juntar palabras en este blog todavía pienso que nunca volveré a hacerlo en formato novela y que nunca volveré a publicar, y escribo esta entrada porque, en el fondo, siento que ese también es un pensamiento equivocado. Que al final también terminaré encontrando algo más que un simple oasis temporal. Porque esta travesía por el desierto de las palabras también terminará.

  • Y cerré mi cuenta en Goodreads

    Con lo que me gustan a mí las listas y tenerlo todo ordenado, justo hoy que acabo de hacer limpieza en mi armario me acordé de que el mes pasado cerré mi cuenta en Goodreads. Y no, por si te lo preguntas, no la he echado de menos.

    Descargué todas mis lecturas a una hoja de Excel y eso es todo lo que necesito. No necesito retarme a mí misma, cumplir con las expectativas de un determinado número de lecturas al año, porque las historias están para disfrutarlas, no para acumularlas como trofeos de un número leído, cuando la cantidad nunca ha representado la calidad.

    Tampoco me sentía cómoda con que todo el mundo pudiera ver mis valoraciones. Y sí, me dirás que alguna forma habrá de hacer la cuenta privada, pero no encontré la forma de hacer mi cuenta privada del todo, o es que lo que tenía valorado de antes ya no podía ocultarse, yo qué sé, pero esa fue la gota que colmó el vaso y que me ayudó a terminar de decidirme.

    Y aquí estoy hoy, un cinco de marzo, un miércoles cualquiera, un día lluvioso, pero no demasiado; cansado, pero no demasiado, una tarde que he disfrutado donde he hecho lo mismo de siempre: un brownie con manzana sin harina ni leche; buena lectura, un rato de visita de la familia, una pequeña charla con amigas a través del móvil y un ratito de escritura antes de la cena.

    Y todo eso sin necesidad de valorar nada en redes sociales, ni subir el enésimo vídeo bailando, ni perderme haciendo scroll. Justo de eso hablaba hoy también Isaac Belmar en su blog. Decía que él no echa de menos las redes sociales. Pues yo sí, pero no eso que hay ahora, si no lo de antes, esa posibilidad de conocer gente que antes no habría sido posible, como mi amiga Adella con la que comparto este blog. Aunque no estamos tan lejos (solo nos separan 80 km), dudo mucho que hubiésemos llegado a coincidir en esta vida si no hubiera sido por X; es decir, por el Twitter que antes molaba.

    Dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero yo siempre he dicho que cualquier tiempo pasado fue anterior. Aunque con la nostalgia de hoy por toda la gente que no conoceré (porque las redes sociales para mí ya no son lo que eran), supongo que lo único que realmente ocurre es que me estoy haciendo mayor.

  • ¿Alguna vez has pensado en tirar la toalla?

    Ser escritora en los tiempos que corren no es fácil.

    Tienes que tener un blog. Pero no puedes escribir cualquier cosa, tienes que enfocarte en tu público objetivo y manejar el SEO. Todo para que llegue la IA a reventar el sistema de buscadores.

    También tienes que tener redes, claro, Instagram, Pinterest, la difunta Twitter ya no, que huele mal. Entra en Mastodon y Bluesky y Threads, mantén viva tu página de Facebook, abre un grupo en Whatsapp y baila en Tik Tok. Haz vídeos para Youtube y directos en Twitch. Ten un buen puñado de seguidores en cada una, cuantos más mejor. Y promueve las interacciones, que no se te olvide lo más importante.

    Y además, escribe una newsletter mensual, o mejor, semanal, o mejor, diaria, porque los seguidores son propiedad de las redes y lo que las Big Tech dan, las Big Tech quitan.

    Sí, yo también caí en esa trampa. Pensé que si hacía todo eso podría vivir de escribir y resultó que ni escribía ni vivía.

    Miré a mi alrededor y solo había ruido. Entonces fui consciente de que subiendo esa foto de la última novela que había leído, añadiendo esa infografía con los siete pasos para hacer lo que sea, publicando ese mensaje irónico, solo estaba añadiendo más estruendo al mundo.

    ¡Que le den al algoritmo! ¡Que le den al SEO! ¡A la mierda! Nadie necesita esto.

    Silencio.

    Eso es lo que necesito. Eso es lo que necesitas.

    Una roca frente al mar, con las olas lamiendo el acantilado. Mirar a alguien a quién amas a los ojos prestándole toda tu atención. La sombra de un roble, en lo más profundo de un bosque. Un abrazo.

    Me desconecté. Dejé de escribir durante meses.

    Entendí que no soy el tipo de escritora que hoy la sociedad te exige que seas y que debía replantearme la manera de entender la escritura. Necesitaba volver a mi punto de partida, al motivo por el que empecé a hacer esto.

    Desde que era pequeña los libros me han enseñado a entender el mundo, son el lugar seguro al que volver cuando la vida me zarandea, donde viven personajes que son como viejos amigos con los que de vez en cuanto apetece reencontrarse.

    Este 2025 solo quiero escribir, sin expectativas ni imposiciones, desde el amor que siento por este oficio.

    Y si nadie lee nunca mis historias, al menos sé que la niña que fui está contenta.

    Así que aquí estamos mi querida amiga Cristina Grela y yo, escribiendo para nada, porque esto es lo que me hace feliz.