Juntarse con otros escritores

Escribir es un arte solitario, donde solo tienes que sentarte y escribir, así de sencillo. Después están todas esas cosas que nada tienen que ver, pero que son necesarias si quieres vivir de esto. Cosas que yo hace mucho tiempo que no hago porque no me hacían feliz.

Nunca he sido muy buena en hacer amigos, y si a eso le sumas que mis aficiones siempre han sido de este estilo, de las que no necesitas relacionarte con nadie para llevarlas a cabo, obtienes como resultado que la persona introvertida que soy lo sea cada vez más.

Por eso me fascina la gente que hace actividades donde conoce gente y acaba haciendo amigos. Incluso me fascina más la gente que, pudiendo hacer actividades que es posible desempeñar solos (por ejemplo, ir en bicicleta o salir a correr) también acabe formando parte de un grupo donde compartan cómo les ha ido, los resultados que han conseguido, o que puedan quedar para salir juntos.

La primera vez que tuve eso fue cuando dejé un comentario en el blog de David Orell pidiéndole permiso para usar una foto y vino a dar en un atardecer interminable en los Castros de Baroña y en un café furtivo en medio de un viaje suyo y una jornada de trabajo mía (entre otras muchas llamadas y momentos compartidos).

Luego vinieron más, como aquel día de verano con Esther, también en los Castros (porque me encanta ese lugar), una noche en una aldea perdida viendo una orquesta de Galicia de esas que son puro espectáculo y un paseo por un lugar literario de su tierra.

Tengo la suerte de atesorar innumerables momentos como esos con muchos escritores, contarlos uno a uno me daría para un libro. Pero lo cierto es que ninguno de ellos vive cerca de mí y no hay esa posibilidad de tener contacto presencial a menudo. Y con los que más hablo, por una cosa o por otra les ha ocurrido lo mismo que a mí, que ya no escriben tanto como antes.

Solo hay una persona con un match (que diría Tinder, creo) casi perfecto, y es Adella. No vive muy cerca, pero al menos cuando queremos vernos solo tenemos que emplear una hora de coche para encontrarnos. Y, además, ella es el ancla que nunca abandona, la que siempre escribe. La que también ve «Tu cara me suena» cada viernes (aunque yo ahora tenga que verla en diferido y por eso no podamos comentarla en directo).

A ella le gusta todo lo relativo a la programación y yo, que soy contable, trabajo en una empresa informática; así que, aunque no comparta su pasión, al menos entiendo de lo que me habla. Y agracias a todas esas miguitas de pan que vamos compartiendo es que yo todavía resisto aquí, en este pequeño reducto de escritura donde aún me dedico a esa parte de mí que me hace ser quien soy.

Adella sería perfecta si viviera a cinco minutos de mi casa y pudiéramos salir por las tardes de calor a caminar bajo la sombra de los árboles del Camino de Santiago que pasa cerca. Yo sería perfecta si viviera a cinco minutos de su casa y pudiéramos ir juntas a las presentaciones literarias que hacen en su ciudad.

Pero nadie es perfecto. Así que agradezco que esa distancia de varias comunidades autónomas que tengo con otros escritores en este caso sea solo una hora y que todavía sigamos hablando a menudo para seguir contándonos nuestras cosas (aunque últimamente no pueda ser de manera presencial).

Porque hace tiempo que la vida de introvertida dejó de gustarme. Porque hace mucho que me di cuenta de que hay un mundo por descubrir ahí fuera. Y porque ya me he dado cuenta de que debo ser valiente para salir a verlo.

(Hoy dejo una posdata: Luis, tú también vives cerca, pero eres ilustrador. Aún así, al tener que recordarte que deberías volver a dibujar, tú también me recuerdas que yo debería escribir, y eso también me mantiene atada a este mundo).

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