Siempre se me da por venir aquí a escribir cuando estoy enfadada o triste. No soy de compartir momentos alegres porque me parece alardear, porque no necesito contarlos para vivirlos, yo los disfruto conmigo misma y eso me basta.
Pero sí es cierto que cuando estoy mal necesito sacarlo de dentro. Hoy, por ejemplo, me he dado cuenta de que nunca podré ser perfecta en absolutamente nada. No hablo de ser perfecta en general, sino que en esta vida me hubiera gustado hacer bien algo y siento que eso nunca va a pasar con nada. Que sé un poquito de todo y mucho de nada. Algunos lo llamarán síndrome del impostor, yo lo llamo, en este caso, valorarse en su justa medida.
Bastante es que me sienta mal por eso como para sentirme también mal por no cumplir esas expectativas de perfección de gente que sí lo es, o que cree serlo. Tanto me da como tanto me tiene, porque muchas veces se equivocan y cuando me doy cuenta de cuál fue su error ya se me ha pasado el arroz para hacérselo ver.
Pero esa no es la cuestión, lo que quiero decir es que ¿es tan importante la perfección? Alguien perfecto supongo que me contestaría que solo me hago esa pregunta porque soy mediocre. Pero de verdad quiero que nos paremos a pensar en esto. ¿Pasa algo por cometer un error rutinario que se puede subsanar? Si limpias la encimera y se te queda una gota de aceite perdida en una esquina, ¿se acaba el mundo?
Si el mundo se acabara por todos los errores que cometemos hace mucho que deberíamos estar muertos.
Estoy tan cansada de la perfección y, sobre todo, estoy tan cansada de la perfección de otros, que últimamente solo intento centrarme en disfrutar de las cosas buenas, aunque jamás sean perfectas.
Y estoy tan cansada de pelear por mi postura, una que la mayoría de la gente ve como errónea; supongo que por eso hace mucho que no escribo, porque escribir desde donde las tripas se remueven es pelear, y estoy cansada de eso.
Lo que más me cansa es que me pidan perfección, porque pedirme algo que no puedo dar es pedirme ser otra persona, y lo único que yo quiero es ser quien soy. Y de eso va también la escritura, cuando nos cansamos de escribir es también en parte por intentar escribir historias que no nos salen de las entrañas.
Quizá lo que debería hacer es poner un corcho en mi despacho, y en él un folio con letras bien grandes que me recuerden que escribir duele, pero escribir algo que no nos duele, duele mucho más.