Estoy suscrita a la lista de correo de Pablo Poveda, un tipo auténtico con las ideas muy claras que en 2017 regresó a España desde Varsovia en un Volskwagen New Beetle, sin apenas dinero, para apostar por su carrera como escritor. Si lo sigues, supongo que ya conocerás esa anécdota; y, si no, te recomiendo que lo busques, porque te guste la novela negra o no, las historias sobre su vida y sobre cómo escribe siempre son muy interesantes.
A todos los que juntamos letras nos gustaría ser los protagonistas de algo que, a priori, parece tan bohemio: abandonar el trabajo y convertirnos en un escritor de éxito. Pero, no nos engañemos, esto casi nunca ocurre. Aunque lo suyo se trató (y se trata) de trabajo duro, no olvidemos el elemento suerte, que no siempre nos acompaña y que, en su caso, según mi opinión y lo que he podido leer, estaba relacionado también con estar en el momento y lugar adecuados.
Pero vamos al meollo del asunto, porque no vengo a hablarte de cómo lo logró si no de algo que, relacionado con eso, leí en el último e-mail de su lista de correo. Una reflexión muy acertada sobre lo que es ser escritor y cuándo puedes considerarte como tal.
Te adelanto que se me olvidó la dichosa cuestión de lo que es “ser un escritor” o no.
Porque ya no hacía falta.
Hay quien te dirá que un escritor nace, se hace, se reproduce, muere, no publica nada bueno hasta los 40 y solo se es si se cobra por lo que escribe.
Bien.
¿Qué más da?
Ese es un debate que me importa bien poco.
La clave fue cuando dejé de “querer ser” y, simplemente, “fui”.
No hubo más.
Hace tiempo que le vengo dando vueltas a eso de madurar; es decir, siempre me habían dicho que era muy responsable y madura para mi edad, pero yo no creo que eso fuera así. La madurez viene cuando tienes que tomar decisiones por ti mismo sin apoyarte en nadie; es decir, cuando tienes esa capacidad de decidir y asumir las consecuencias sin pedir consejo o, aún habiéndolo pedido, haciendo lo contrario.
Últimamente he tenido que tomar muchas decisiones así, y es muy difícil cuando no tienes a nadie que te guíe en el camino, porque cuando la decisión final solo depende de ti, entonces sí que piensas en profundidad.
Es complicadísimo hacer las cosas sin aceptación de los demás, supongo que no me había dado cuenta antes porque tampoco he tenido que tomar decisiones importantes. Aunque, no te voy a engañar, cambiar de trabajo, firmar una hipoteca, sí lo son, pero supongo que siempre me hago de menos con un montón de cosas.
En fin, que leyendo el correo de Pablo me he dado cuenta de que con la escritura pasa lo mismo. ¿Por qué necesitamos que otros nos digan si somos escritores o no? ¿Por qué parece imprescindible ceñirnos al criterio de los demás? ¿Y por qué tantas veces he respondido «no soy escritora, solo escribo» cuando alguien me ha preguntado si lo era?
Me encanta esa frase de Pablo que he señalado en negrita:
La clave fue cuando dejé de “querer ser” y, simplemente, “fui”.
¡Qué acertada! Para la escritura y para todo lo demás.