No sé cómo funcionan las conexiones de mi mente, por eso no puedo explicar cómo hoy me acordé de que antes tenía una lista de correo y escribía a mis suscriptores. Tenía la memoria tan embotada que tuve que comprobar cuál era la contraseña para entrar, y cuando accedí, vinieron a mi cabeza vagos recuerdos de trastear con esa herramienta. Me pregunté, si ahora quisiera volver a retomar la lista de correo, si sería capaz de manejar esa herramienta, como si no hubiera aprendido desde cero la última vez (manía de infravalorarse que tiene una).
Entonces recordé que mi querida Adella y yo hace tiempo que no nos pasamos por aquí. «Escribir para nada», recordé también. ¿Qué significa eso? Pues algo tan sencillo como escribir por escribir, y cuánto lo complicamos a veces. También visité mi web. Sí, yo era esa. Esa introvertida que publicaba poco sobre sí misma y que ahora es más introvertida aún. Me pregunté por qué sigo manteniendo la web. Bueno, no es cierto, me pregunté por qué tengo información sobre mí en la web, con lo poco que me gusta exponerme al mundo y lo mucho que me critico por aquel error que cometí en 2012 o aquel otro en 2016 o incluso aquel de 2004. Errores que seguramente nadie recuerda y que segurísimo nadie recordará dentro de cien años.
Entonces mi mente voló a una cosa que me dijeron después del confinamiento. Una persona considera su mejor amigo a alguien que conoció gracias a la afición que comparten y que, tras la pandemia, les quedó un poco estancada. Y se preguntaba si seguirían siendo amigos si dejaran su afición a un lado. Yo le dije que sí, porque no con todos los amigos compartes una afición, ni de todos con los que compartes afición eres amigo. Creo que la amistad trasciende un poco todo eso.
Pero como soy mucho de analizarme, me pregunté lo mismo sobre mí y sobre Adella. Y aunque sé que nunca dejará de ser mi amiga (eso espero y eso siento), más que miedo a perder su amistad por perder la escritura me pregunté si dejando la escritura la decepcionaría. Lo más fácil fue hacerme la pregunta en sentido contrario y la respuesta es no, ella nunca me decepcionaría si dejara de escribir.
El resumen de todo esto es que me di cuenta de que podemos dejar de escribir, pero no podemos dejar de ser escritoras. La vida son etapas, y que una se cierre no significa que no pueda volver a abrirse. Porque con la escritura yo soy más de dejar la puerta entreabierta.
Y escribiendo esta entrada me di cuenta de que pensaba que no tenía cosas que contar, o no cosas que interesaran a alguien salvo a mí. Y entonces recordé que hay que escribir para uno mismo antes que para los demás. Luego pensé si todavía tengo cosas que contarme, porque a veces pienso que hace mucho que no me hablo.
Tengo una pestaña guardada en Google Chrome de mi móvil con una noticia del periódico que inspira a escribir una novela. Solo una escritora haría eso. Mi cabeza no para de contarme cosas, el problema es que a veces son demasiadas, y yo soy demasiado dura conmigo misma para entender que con que me gusten a mí basta, que no debo olvidarme de mí como lectora, que yo también soy importante.
Que creo que nunca he llegado de verdad al fondo con nadie a través de la escritura, pero sí he llegado mi fondo y lo he vaciado. ¿No se trata la escritura de eso?
Y todo porque Isaac Belmar todavía no ha publicado su post de hoy y me faltaba mi ración de la semana sobre escritura. Porque hoy se alcanzarán los 31 grados en estas tierras del norte en las que siempre salimos con rebequita por si refresca (menos ayer y hoy, siempre refresca). Porque siento que tengo mil cosas que hacer y escribir no es tan prioritario, confundiendo como siempre urgente con importante.
Porque sigo aquí, simplemente porque sigo aquí y sigo conmigo, y hoy me apetecía recordármelo.