Autor: Adella Brac

  • La mitad matemática de tu vida

    ¿Alguna vez has tenido la sensación al leer un libro de que estaba escrito para ti?

    Yo la tuve hace un par de semanas cuando leí La vida empieza a los cuarenta, de Gregory Cajina Heinzkill.

    El autor dice que llegado a ese punto empezamos a ser conscientes de que nos falta tiempo para hacer todo lo que querríamos y en ese afán de no desperdiciar ni un solo segundo nos convertimos en especialistas en apartar lo irrelevante de nuestras vidas.

    Es el momento en que empezamos a vivir por primera vez. Ya no queremos repetir lo conocido sino que ansiamos nuevos retos.

    Dejamos el ego atrás y nos concentramos en que nuestro paso por esta tierra sea trascendente, en dejar más de lo que hemos tomado.

    Según la página del Ministerio de Sanidad en España la esperanza de vida en mujeres se sitúa en 85 en mujeres y 79,5 en hombres.

    Teniendo en cuenta esos datos, yo ya he superado la mitad matemática de mi vida.

    Y he aprendido unas cuantas cosas:

    • No se toman decisiones importantes cuanto se está triste o enfadada.
    • No merece la pena malgastar el tiempo en algo que no te hacen feliz.
    • Mantenerse activo física e intelectualmente no es opcional.
    • Vivir sin proyectos, sin ilusiones, sin un propósito, te idiotiza.
    • Mereces tener la valentía de darle una oportunidad a tus sueños.
    • Hay que poner foco en la meta, pero nunca olvidar que lo importante está en el camino.
    • Debes tratarte a ti misma con amor. Siempre.

    Gregory Cajina Heinzkill dice que «A los veinte años quizá entendimos el mensaje, pero en realidad no lo comenzamos a comprender hasta que llegamos a la mediana edad».

    Yo creo que empiezo a comprender.

  • ¿Alguna vez has pensado en tirar la toalla?

    Ser escritora en los tiempos que corren no es fácil.

    Tienes que tener un blog. Pero no puedes escribir cualquier cosa, tienes que enfocarte en tu público objetivo y manejar el SEO. Todo para que llegue la IA a reventar el sistema de buscadores.

    También tienes que tener redes, claro, Instagram, Pinterest, la difunta Twitter ya no, que huele mal. Entra en Mastodon y Bluesky y Threads, mantén viva tu página de Facebook, abre un grupo en Whatsapp y baila en Tik Tok. Haz vídeos para Youtube y directos en Twitch. Ten un buen puñado de seguidores en cada una, cuantos más mejor. Y promueve las interacciones, que no se te olvide lo más importante.

    Y además, escribe una newsletter mensual, o mejor, semanal, o mejor, diaria, porque los seguidores son propiedad de las redes y lo que las Big Tech dan, las Big Tech quitan.

    Sí, yo también caí en esa trampa. Pensé que si hacía todo eso podría vivir de escribir y resultó que ni escribía ni vivía.

    Miré a mi alrededor y solo había ruido. Entonces fui consciente de que subiendo esa foto de la última novela que había leído, añadiendo esa infografía con los siete pasos para hacer lo que sea, publicando ese mensaje irónico, solo estaba añadiendo más estruendo al mundo.

    ¡Que le den al algoritmo! ¡Que le den al SEO! ¡A la mierda! Nadie necesita esto.

    Silencio.

    Eso es lo que necesito. Eso es lo que necesitas.

    Una roca frente al mar, con las olas lamiendo el acantilado. Mirar a alguien a quién amas a los ojos prestándole toda tu atención. La sombra de un roble, en lo más profundo de un bosque. Un abrazo.

    Me desconecté. Dejé de escribir durante meses.

    Entendí que no soy el tipo de escritora que hoy la sociedad te exige que seas y que debía replantearme la manera de entender la escritura. Necesitaba volver a mi punto de partida, al motivo por el que empecé a hacer esto.

    Desde que era pequeña los libros me han enseñado a entender el mundo, son el lugar seguro al que volver cuando la vida me zarandea, donde viven personajes que son como viejos amigos con los que de vez en cuanto apetece reencontrarse.

    Este 2025 solo quiero escribir, sin expectativas ni imposiciones, desde el amor que siento por este oficio.

    Y si nadie lee nunca mis historias, al menos sé que la niña que fui está contenta.

    Así que aquí estamos mi querida amiga Cristina Grela y yo, escribiendo para nada, porque esto es lo que me hace feliz.